LA DISPERSIÓN

Hace muchos giros de sol, cuando los humanos antiguos aún caminaban la tierra, construyeron una gran máquina para vencer a la muerte. La llamaron el laboratorio. Dentro, una gran torre, alimentada por el sol, creaba cuerpos humanos perfectos: sin enfermedad, sin deseo, sin pasado.

Pero antes de que pudieran usarla, el mundo colapsó. Las ciudades ardieron, los cielos se partieron y todo lo que fue… desapareció. Entre ruinas, quedó la torre, averiada, vibrando con la luz.

Cada vez que el sol ascendía, un nuevo ser surgía de ella: un humano vacío, piel pálida, ojos de bruma, sin recuerdos, sin nombre. Y otro más el siguiente día. Siempre igual.

Al principio vagaban solos, sin lenguaje, sin hambre. Pero con el tiempo, aprendieron a mirar juntos el sol, a tocar la tierra, a pintar señales en piedra.

Adoraban la Torre. Creían que dentro vivía un ser antiguo que soñaba con ellos. Alrededor construyeron círculos, estelas y fuego.

Los clones no podían engendrar, ni sabían del pasado, pero contaban las eras por los individuos nacidos. Cada vez que uno moría, su cuerpo se devolvía al círculo y se dibujaba en piedra para que no se perdiera la cuenta.

Tenían ritos, cantos, gestos con los ojos. No sabían de guerras ni de propiedad. Solo sabían que eran los hijos del sol y la torre, y que cada día, uno más vendría. Igual. Nuevo. Hermano.

Y así, en la calma después del fin, los clones crearon un mundo sin origen. Sólo dispersión.

JORGECAINDOMINGUEZ@GMAIL.COM