EL PLANETA DE LOS DIENTES ETERNOS
A 3.383.085.124.451 de años luz, existe un planeta idéntico a la Tierra. Su historia es casi un calco de la nuestra: océanos que dieron vida, selvas que respiraron evolución, humanos que alzaron ciudades y contaron historias al fuego. Pero una pequeña variación cambió su destino: cuando la vida apenas despuntaba, un neutrino solitario golpeó una molécula de calcio en una protocélula.
Milenios después, los habitantes de este mundo compartían con nosotros casi todo, salvo una peculiaridad inquietante: sus dientes nunca dejaban de crecer. Como uñas, pero más voraces, brotaban sin descanso, convirtiendo sus bocas en cavernas de afiladas estalactitas si no se cuidaban.
Para evitar la monstruosidad dental, los humanos de este planeta instauraron un ritual mensual. Familias enteras se reunían en salones iluminados con una luz fría, donde enormes limas mecánicas esperaban. Los rechinidos metálicos eran insoportables; los nervios, sensibles al roce, desbordaban lágrimas de dolor. Nadie se acostumbraba, ni los ancianos curtidos ni los niños que apenas entendían por qué sufrían.
Un poeta del lugar, tras una sesión particularmente desgarradora, escribió:
”¿Cuánto daríamos por un mundo donde los dientes saben cuándo detenerse? ¿Cuánto valdría una evolución sin este capricho genético que nos condena al tormento?”
Su escrito se volvió un mantra. Con el tiempo, los habitantes comenzaron a imaginar con reverencia una Tierra paralela, donde sus semejantes vivían sin este sufrimiento.

