EL RÍO CALLA
El caos comenzó al alba, cuando los primeros coches se encontraron frente al vacío. Donde ayer mismo estaba el puente más grande de la ciudad, ahora sólo quedaba el río, oscuro y en silencio, como si guardara un secreto. No había señales de escombros ni marcas de demolición. Sólo ausencia.
Los transeúntes, incrédulos, miraban hacia el horizonte. Algunos intentaban recordar si el puente había estado allí el día anterior. Otros llamaban frenéticos a las autoridades. En cuestión de horas, el alcalde dio una declaración: “Por riesgo de colapso, el puente fue desmantelado anoche”. Una mentira que nadie creyó, pero que muchos aceptaron porque el desconcierto era más aterrador.
Sin embargo, las preguntas persistían en las mentes más inquietas. ¿Cómo pudo desaparecer una estructura tan inmensa en una sola noche, sin ruido, sin testigos? Los obreros del ayuntamiento juraron no haber recibido ninguna orden. Los registros oficiales del puente habían desaparecido también, como si nunca hubiera existido.
Con el tiempo, el puente se desvaneció de las conversaciones y de los mapas. Los ciudadanos se adaptaron, como siempre, desviando sus rutas y sus pensamientos.

