LA HORA QUIETA
La hora quieta
La primera vez que encontré el cadáver de Clara, todavía estaba viva.
Estaba tendida en el suelo de la cocina, entre la mesa y el fregadero, con la mejilla apoyada sobre las baldosas. Había un vaso roto cerca de su mano y una línea oscura descendía desde su oído hasta el cuello.
No respiraba.
Yo llevaba una llave inglesa.
No recordaba haberla cogido.
—Clara —dije.
Ella abrió los ojos.
El cadáver se incorporó de golpe, aspirando aire, y me miró como si el muerto fuera yo.
—¿Qué haces aquí?
La llave inglesa cayó al suelo.
Clara se tocó el oído. No había sangre. Solo un mechón de pelo húmedo pegado a la piel.
—Te he visto —dije.
—Ya lo sé.
—Muerta.
—No.
—Aquí mismo.
Clara miró el vaso roto, todavía lleno de agua. Después me miró a mí.
—Aún no.
Era una frase que empleaba con frecuencia. La pronunciaba sin énfasis, como quien contesta a una pregunta demasiado sencilla.
Aún no.
Yo la interpretaba como una promesa.
Aquella mañana pensé que significaba que todavía no estaba muerta.
Más tarde comprendería que podía significar lo contrario.
En el bolsillo del abrigo llevaba una nota escrita con mi letra.
NO BAJES AL SÓTANO.
Debajo, añadido con otro bolígrafo:
YA BAJASTE.
Y, en el margen, en una caligrafía temblorosa que también reconocí como mía:
NO DEJES QUE CLARA TE VEA.
Las tres instrucciones parecían proceder de hombres distintos.
Guardé el papel antes de que ella pudiera leerlo.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté.
Clara recogió el vaso roto con cuidado.
—Dos días.
—Eso dijiste ayer.
—Porque ayer también llevabas dos días.
—No tiene sentido.
—Lo sé.
Su serenidad era una forma de violencia.
La cocina pertenecía a una casa que yo recordaba sin saber de dónde. En mis recuerdos había paredes verdes; aquellas eran blancas. Había una ventana sobre el fregadero; allí solo había azulejos. Al otro lado de la puerta, el pasillo era demasiado largo y terminaba en una escalera que descendía.
Yo sabía adónde conducía.
Al sótano.
También sabía que no debía bajar.
También sabía que ya había bajado.
La casa estaba aislada en medio de un bosque de pinos. No había cobertura. El teléfono fijo no daba línea. Las ventanas no se abrían y la puerta principal tenía tres cerraduras, todas por dentro.
Clara decía que era por mi seguridad.
Yo recordaba haberle suplicado que me encerrara.
También recordaba haber intentado matarla para poder salir.
Ninguna de las dos cosas tenía por qué haber ocurrido.
El médico se llamaba Valdés.
Lo conocí al tercer día, aunque él afirmó que llevábamos trabajando juntos seis años.
Era un hombre delgado, de ojos muy claros, con una barba gris recortada con precisión. Llegó en un coche negro poco antes del anochecer. Clara lo dejó entrar sin preguntarle quién era.
Lo odié en cuanto lo vi.
No por su rostro.
Por la sensación de haberlo odiado antes.
—Adrián —dijo—. ¿Sabes quién soy?
—Sí.
Valdés esperó.
—No.
Sonrió con tristeza.
—Eso es nuevo.
—¿Qué me han hecho?
Miró a Clara.
—¿Qué le has contado?
—Nada que no pudiera descubrir solo.
—Entonces nada.
Valdés dejó un maletín sobre la mesa. Dentro había una linterna, varios electrodos y una jeringa.
Retrocedí.
Vi la aguja entrar en mi cuello.
Sentí la mesa contra mi espalda.
Oí a Clara decir: «Sujétalo».
Después la jeringa seguía dentro del maletín.
—No voy a tocarte —dijo Valdés.
—Ya lo has hecho.
—Puede que lo recuerdes.
—O puede que vaya a hacerlo.
—También.
Valdés se sentó frente a mí.
—Tu cerebro ya no organiza los recuerdos según el momento en que se formaron. Conservas imágenes, emociones, sonidos, incluso secuencias completas. Pero has perdido la referencia que las coloca en el pasado.
—Entonces son alucinaciones.
—No exactamente.
—¿Veo el futuro?
—No.
Contestó demasiado rápido.
Clara apartó la mirada.
—¿Lo veis? —dije—. Acaba de mentir.
—No ves el futuro —repitió Valdés—. Tu cerebro construye anticipaciones utilizando recuerdos fragmentados. Algunas coinciden con lo que sucede después. Otras no.
—¿Cómo podéis distinguirlas?
—Nosotros no hemos perdido el orden.
—Eso no responde.
Valdés abrió el maletín y sacó una fotografía.
En ella aparecíamos los tres delante de un edificio de hormigón, sin ventanas. Clara sonreía. Valdés tenía una mano sobre mi hombro. Yo llevaba una bata blanca.
En la esquina inferior figuraba una fecha.
17 de octubre.
—¿Qué día es hoy? —pregunté.
—Catorce.
Sentí que el estómago se cerraba.
—Esa foto todavía no existe.
Valdés dio la vuelta a la imagen.
En el reverso había una frase escrita con mi letra:
NO CREAS EN LA FECHA.
—La imprimiste hace seis meses —dijo.
—Entonces la fecha es falsa.
—Sí.
—¿Por qué?
—Querías comprobar si podías inducirte recuerdos futuros.
—¿Y pude?
Clara respondió:
—Aún no.
Esa noche soñé con la habitación blanca.
No tenía puertas.
En el centro había una silla metálica con correas en los brazos. Yo estaba sentado en ella. Clara ajustaba los electrodos sobre mi cabeza mientras Valdés observaba desde detrás de un cristal.
—Cuando despierte —dije—, no sabré si esto ha ocurrido.
—Esa es la idea —respondió Clara.
—¿Por qué estoy de acuerdo?
—Porque ya sabes lo que pasará si no lo haces.
Valdés pulsó un interruptor.
El dolor no llegó como una descarga, sino como una certeza. Durante un instante comprendí mi vida entera. No la vi suceder. La sentí simultáneamente: mi infancia, la muerte de mi padre, la primera vez que besé a Clara, el cuerpo de Clara en la cocina, el bosque ardiendo, mis manos cubiertas de sangre.
Y algo más.
Algo inmenso mirándonos desde el otro lado del tiempo.
Desperté en el pasillo, junto a la puerta del sótano.
Tenía la mano sobre el picaporte.
El reloj de mi muñeca marcaba las tres y diecisiete.
Siempre marcaba las tres y diecisiete.
No recordaba cuándo se había detenido.
En la puerta había una palabra grabada con la punta de un cuchillo:
ENTRA.
La letra era mía.
Interrogué a Clara mientras dormía.
Me senté a los pies de su cama con la llave inglesa sobre las rodillas. Durante varios minutos observé cómo respiraba.
Cuando abrió los ojos, no gritó.
—¿Vas a matarme? —preguntó.
—No lo sé.
—Entonces todavía puedes decidirlo.
—¿Qué hay en el sótano?
—Ya lo has visto.
—¿Qué hay?
—La máquina.
—¿Qué máquina?
—La que construiste.
—Valdés dijo que fue un trauma.
—Lo fue.
—Un trauma no se construye.
Clara se incorporó lentamente.
—Trabajabas con memoria prospectiva. Querías demostrar que el cerebro no recuerda únicamente lo sucedido, sino también aquello que espera que suceda. Según tu hipótesis, ambas cosas se almacenan usando mecanismos parecidos.
—Eso es cierto.
No sabía por qué lo sabía.
—Creías que si eliminabas la marca temporal —continuó— podrías acceder a las predicciones del cerebro como si fueran recuerdos.
—¿Para qué?
—Para detectar acontecimientos antes de que ocurrieran.
—Eso no es ciencia.
—Al principio sí.
—¿Y después?
Clara miró la llave inglesa.
—Después llegaron ellos.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—Mientes.
—No conocíamos sus nombres. Financiaban el proyecto a través de empresas distintas. Defensa, mercados, inteligencia. Querían saber qué decisiones producirían determinados resultados.
—Predecir el futuro.
—No. Recordarlo antes.
—Has dicho que no puedo ver el futuro.
—Yo no he dicho eso.
Sentí un escalofrío.
Valdés lo había dicho.
Clara no.
—¿Funcionó?
—Aún no.
Levanté la llave inglesa.
—Deja de decir eso.
—Es lo que tú me pediste que respondiera.
—¿Cuándo?
—Después.
La llave golpeó el somier, a pocos centímetros de su pierna.
Clara ni siquiera se movió.
—Me dijiste que, si empezabas a hacer preguntas, no debía darte respuestas que pudieran modificar tus decisiones.
—¿Qué decisiones?
—La que tomes en el sótano.
—No voy a bajar.
—Ya bajaste.
—¿Y qué hice?
Clara comenzó a llorar.
—Eso es lo que estamos esperando averiguar.
A la mañana siguiente, Valdés había desaparecido.
Su coche seguía fuera.
En el maletero encontré una garrafa de gasolina, una pistola y seis cajas de cintas de vídeo.
En todas aparecía yo.
La primera grabación mostraba la habitación blanca. Estaba sentado ante una cámara, varios meses más joven.
—Prueba número cuatro —decía—. Si estás viendo esto, la intervención ha producido una desorganización temporal estable. No confíes en Clara. No confíes en Valdés. No confíes en ninguna instrucción que reconozcas como propia. Especialmente en esta.
La grabación terminaba ahí.
En la segunda cinta aparecía cubierto de sangre.
—No abras la cámara —decía—. Lo que hay dentro no es una máquina.
En la tercera me reía durante casi veinte minutos.
En la cuarta, Clara estaba sentada a mi lado.
—No existe ninguna conspiración —decía ella.
Yo volvía la cabeza hacia la cámara.
—Eso es lo que quieren que pensemos.
—No hay nadie más, Adrián.
—Entonces ¿quién nos observa?
Clara señalaba el objetivo.
—Tú.
En la quinta cinta, la habitación estaba vacía.
Se oía mi voz fuera de plano.
—Los recuerdos falsos no son falsos. Son recuerdos de decisiones que no tomamos.
Después sonaba un disparo.
La sexta cinta no tenía etiqueta.
La introduje en el reproductor.
Durante unos segundos solo apareció estática. Después vi la cocina.
Clara estaba de pie junto al fregadero. Yo entraba llevando la llave inglesa.
La imagen era idéntica a mi recuerdo.
Ella se volvía.
Yo levantaba el arma.
La cinta se deformó antes del golpe.
Corrí a la cocina.
Clara no estaba.
Sobre las baldosas había un vaso roto y una línea de sangre que conducía al pasillo.
La encontré al pie de la escalera.
Respiraba con dificultad. Tenía una herida detrás de la oreja.
—¿Quién te ha hecho esto?
Me miró con una mezcla de dolor y compasión.
—Tú.
La llave inglesa seguía en mi mano.
—No.
—Todavía no recuerdas haberlo hecho.
—He visto la cinta.
—La grabaste después.
—La cinta estaba en el coche.
—La pusiste allí.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Tú sí sabes el orden.
—Lo sabía.
—¿Qué significa eso?
Clara intentó incorporarse, pero no pudo.
—La máquina también me afectó.
Miré la sangre en mi mano.
No sabía si era suya.
—Dijiste que solo yo había perdido la marca temporal.
—Eso nos dijo Valdés.
—¿Dónde está?
—En el sótano.
—Ha desaparecido.
—No. Todavía no ha salido.
Desde abajo llegó un golpe.
Después otro.
Alguien estaba llamando desde el interior de la puerta.
Bajé.
Cada escalón me devolvía un recuerdo distinto.
Valdés cayendo de rodillas.
Clara cerrando la puerta.
Yo vertiendo gasolina por el suelo.
La casa ardiendo.
La casa intacta.
El sótano vacío.
El sótano lleno de cuerpos.
Al llegar abajo comprendí que todos aquellos recuerdos compartían una misma debilidad: nunca incluían el momento en que yo tomaba una decisión. Solo mostraban las consecuencias.
Abrí la puerta.
La habitación blanca estaba allí.
No era exactamente como la había soñado. Tenía una puerta, la misma por la que acababa de entrar, y una ventana de observación cubierta por una lámina negra.
En el centro se alzaba la silla metálica.
Valdés estaba atado a ella.
—No te acerques —dijo.
Tenía el rostro hinchado y sangre seca en los labios.
—¿Quién te ha atado?
—Tú.
—¿Cuándo?
—Dentro de una hora.
Sentí una risa involuntaria que me subía por la garganta.
—¿También estás afectado?
—No.
—Entonces no puedes saberlo.
—Me lo has contado.
—¿Cuándo?
—Mañana.
Me acerqué a la silla.
—Clara dice que la máquina también la afectó.
—Clara no está afectada.
—Está herida.
Valdés cerró los ojos.
—Entonces ya ha empezado.
—¿Qué?
—Lo mismo que ocurrió la primera vez.
—¿La primera vez?
—Hemos repetido el experimento siete veces.
—Eso es imposible.
—Cada vez que descubres lo que hiciste, intentas impedirlo. Cada intento reproduce las mismas condiciones.
—¿Qué hice?
Valdés miró hacia la lámina negra.
—Abre eso.
Tiré de una esquina.
Detrás no había una ventana, sino un espejo.
Vi mi reflejo: la cara pálida, la camisa manchada, la llave inglesa en la mano.
Y detrás de mí, la silla.
Vacía.
Me volví.
Valdés seguía atado.
Miré otra vez el espejo.
La silla estaba vacía.
—¿Qué es esto?
—Un retardo.
—¿De cuánto?
—No es constante.
En el espejo vi cómo levantaba la llave inglesa.
Mi brazo real seguía inmóvil.
La imagen golpeó a Valdés en la cabeza.
El sonido llegó un segundo después.
Retrocedí horrorizado.
—No es un espejo.
—Es una pantalla —dijo—. La máquina reconstruye la secuencia más probable a partir de tu actividad cerebral.
—No muestra el futuro.
—Muestra lo que tu cerebro cree que harás.
En la pantalla, yo golpeaba de nuevo a Valdés.
—Apágala.
—Tienes que soltarme.
—Dime qué hice.
—Mataste a Clara.
La imagen de la pantalla se detuvo.
—No.
—La viste muerta antes de matarla. Creíste que el recuerdo demostraba que no podías evitarlo. Bajaste aquí buscando una manera de cambiarlo. Yo intenté detenerte.
—¿Por qué iba a matarla?
—Porque descubriste que ella había autorizado el ensayo.
Escuché pasos en la escalera.
Clara apareció en la puerta, sujetándose la herida con una mano.
—No le creas —dijo.
En la pantalla, Clara todavía no había entrado.
Después apareció.
—¿Autorizaste el ensayo? —pregunté.
—Sí.
—¿Sabías lo que podía hacerme?
—No.
—Mientes.
—Sabía que podías perder la memoria. No que perderías el tiempo.
Valdés comenzó a forcejear.
—Ella trabaja para ellos.
—No hay ningún ellos —dijo Clara.
—La financiación, las empresas...
—Eran tuyas, Adrián.
La habitación pareció inclinarse.
—No.
—Creaste sociedades pantalla para continuar cuando la universidad cerró el proyecto. Inventaste una amenaza externa porque no podías aceptar que habías decidido hacerlo.
—Está mintiendo —dijo Valdés.
—Él intentó denunciarte.
—Está mintiendo.
Ambos hablaban con la desesperación exacta que yo recordaba.
En la pantalla vi a Clara acercarse.
Vi mi mano levantar la llave inglesa.
Vi el golpe detrás de su oreja.
—No te acerques —dije.
Clara se detuvo.
La imagen siguió avanzando.
En ella, Clara caía.
En la realidad, permanecía inmóvil.
—¿Lo ves? —susurró—. No estás obligado.
La pantalla cambió.
Ahora me mostraba soltando la llave.
Después cambió otra vez.
Me mostraba disparando a Valdés.
Después, incendiando la habitación.
Después, sentado en la silla.
Decenas de futuros posibles comenzaron a superponerse hasta convertirnos en manchas.
—Apágala —dije.
—El interruptor está detrás de la silla —respondió Valdés.
Me acerqué.
En la pantalla, Clara corría hacia mí.
En la realidad, no se movía.
Encontré el interruptor.
Lo pulsé.
La habitación quedó a oscuras.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces oí el clic de la pistola.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba en la cocina.
Clara yacía en el suelo.
Había un vaso roto cerca de su mano.
Una línea oscura descendía desde su oído hasta el cuello.
No respiraba.
Yo llevaba una llave inglesa.
No recordaba haberla cogido.
—Clara —dije.
No abrió los ojos.
Me arrodillé junto a ella.
Esta vez no había ninguna confusión posible. Su piel estaba fría.
Valdés apareció en la puerta.
Tenía la pistola.
—Suéltala —dijo.
—La he matado.
—Sí.
—¿Por qué no me detuviste?
—Lo intenté.
Miré mi reloj.
Las tres y diecisiete.
—¿Qué hacemos ahora?
—Lo que hicimos antes.
—¿Borrar mi memoria?
—No podemos borrarla. Solo quitarle el orden.
—¿Para que vuelva a intentarlo?
Valdés bajó el arma.
—Para que alguna versión de ti tome otra decisión.
—No existen otras versiones.
—Entonces esto es un castigo.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé.
—Dijiste siete.
—Eso fue lo que me dijiste tú.
Me levanté.
En la mesa había una nota.
NO BAJES AL SÓTANO.
Debajo:
YA BAJASTE.
En el margen:
NO DEJES QUE CLARA TE VEA.
—He escrito esto —dije.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Todavía no.
Comprendí que aquella respuesta no explicaba nada.
Y precisamente por eso podía mantenerme atrapado para siempre.
Cogí la garrafa de gasolina.
Valdés no intentó detenerme.
Vertí el combustible por la cocina, el pasillo y las escaleras. Después bajé al sótano y empapé la silla, los electrodos y la pantalla.
Clara estaba muerta.
No había decisión que pudiera deshacerlo.
No había futuro escondido dentro de mis recuerdos.
Solo culpa buscando otra dirección.
Encendí una cerilla.
Antes de soltarla miré mi reloj.
Las tres y diecisiete.
El cristal estaba rayado. La correa, endurecida por el sudor. En el borde de la esfera había una pequeña mancha marrón que siempre había tomado por óxido.
La rasqué con la uña.
Era sangre.
Entonces vi el detalle.
La aguja de los segundos no estaba detenida entre dos marcas.
Estaba doblada.
Aplastada contra el cristal desde dentro.
Recordé la habitación blanca. La primera descarga. Mi cuerpo golpeando el suelo. Clara arrodillada junto a mí. Valdés buscando el pulso.
Y mi muñeca atrapada bajo la pata metálica de la silla.
El reloj no se había detenido en el momento del trauma.
Se había roto antes.
Cuando instalamos la máquina.
Tres días antes de que comenzara el experimento.
Tres días antes de que Clara muriera.
Miré la cerilla.
Todavía ardía entre mis dedos.
La casa aún no estaba en llamas.
Clara aún no estaba muerta.
Yo no estaba en el sótano.
Estaba de pie en la cocina, la primera mañana, con la llave inglesa en la mano.
Clara acababa de abrir los ojos.
—Te he visto muerta —dije.
—No —respondió ella.
Se tocó el oído. El agua del vaso roto le mojaba el pelo.
—Aquí mismo.
Clara miró el reloj aplastado de mi muñeca.
Y entonces comprendí el verdadero significado de la frase que me había perseguido durante toda la historia.
No era una promesa.
No era una amenaza.
Ni siquiera hablaba del tiempo.
—Aún no —dijo Clara.
Quería decir:
Todavía puedes no hacerlo.
Abrí la mano.
La llave inglesa cayó al suelo.

