OLVIDAR EL VIENTO
Alexandros yacía hundido en las sábanas, el cuerpo frágil, y casi ausente, pero pensativo, con los ojos más despiertos que nunca. Su hijo, en silencio, le apretaba la mano.
—Acércate. Todo lo que conoces es mentira. Voy a romper un juramento —susurró Alexandros—. Y necesito que me escuches con atención.
El joven asintió, sin comprender del todo.
—Hace unos treinta años, el mundo que tú conoces no existía. Pero algo cambió el curso de la historia. Todo empezó como una nueva moda más. Aunque no lo creas… consistía simplemente en meditar frente al mar, recibiendo fuertes viento. No parecía peligroso. Pero quienes lo practicaban decían alcanzar un estado de paz indescriptible. Algo más grande que la conciencia. Algo… que tú siempre has sabido que no es verdad.
Hizo una pausa, incorporándose con esfuerzo.
—Aquello se propagó como fuego. Costas enteras se llenaron de estos devotos del viento. Dejaban sus vidas atrás. Dejaban de funcionar. Se convirtieron en multitudes inmóviles, entregadas al trance. Los llamábamos ciudadanos perdidos. Casi ninguno regresó.
El hijo frunció el ceño, intrigado.
—A mí me mantuvieron protegido —aclaró Alexandros—. Y estuve al otro lado del reseteo. En el lado que se te ocultó a ti. Nos informaron del funcionamiento del cierre informativo, el aislamiento de los nacidos después. Creamos un mundo nuevo. Odiando al viento, al mar. Sin memoria.
Miró a su hijo, como si buscara perdón.
—Nos dijeron que era por el bien común. Que la humanidad no podía seguir perdiéndose. Así que silenciamos todo. Los niños crecieron odiando el mar, temiendo lo que no conocían.
Volvió la vista al techo. Sus ojos brillaban con algo que se parecía al remordimiento.
—Juramos no contarlo nunca. Era parte del protocolo y todos los demás ya han fallecido. Ahora, en este momento… no puedo con el peso del secreto, temo que el mundo olvide la verdad. Que el olvido se vuelva permanente.
Su respiración se volvió tenue, y una sonrisa de alivio le apagó la mirada. Y ya con los ojos cerrados, susurró:
—Prométeme que buscarás el viento. Que si algún día lo oyes, no le cerrarás la puerta.

